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Embajador Bernardo Alvarez Herrera
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Embajador Bernardo Alvarez Herrera ante la IX conferencia anual de la Corporación Andina de Fomento(CAF)
Miércoles 7 de septiembre de 2005
Washington, DC
Discutir los desafíos que enfrentan Estados Unidos y Latinoamérica es justo y necesario. En Estados Unidos hay un dicho: “Mientras más cambian las cosas, más parecen permanecer iguales”. En lo que respecta a la política exterior norteamericana, este dicho alude a la miopía de la visión política de Estados Unidos hacia el continente latinoamericano. Es una visión congelada en la política de la Guerra Fría, y en la visión económica del “Consenso de Washington”. Al igual que ocurre con el miope, si no se ajusta la vista con el lente adecuado, la verdad siempre se verá distorsionada.
El desafío político principal que Estados Unidos enfrenta en Latinoamérica, desde la perspectiva de mi país, es decidir si sus intenciones en la región han de ser guiadas por principios amplios de desarrollo democrático, o si serán limitadas por el estrecho dogma de la hegemonía y el control de los intereses económicos, como parte de su posición geopolítica y estratégica a nivel mundial.
Lo primero supone un reconocimiento del derecho de los países latinoamericanos a determinar su propio destino político y económico; lo segundo supone algo muy distinto. Supone que los países latinoamericanos son vistos no como socios igualitarios en una empresa común para beneficio de todos, sino como el “patio trasero” exclusivo de los Estados Unidos para beneficio de sus propios intereses políticos y económicos. ¿Desarrollo democrático o hegemonía? En nuestra visión como gobierno de Venezuela, éstas son las opciones que enfrenta Estados Unidos en este momento de cambio histórico en Latinoamérica.
En este sentido, no puede pasar desapercibido el hecho de que el modelo económico implementado en el continente en los últimos 25 años, principalmente a instancias de Estados Unidos, ha fallado en aliviar la pobreza que continúa devastando nuestro hemisferio. No se puede esperar que el modelo del “Consenso de Washington” resuelva los problemas fundamentales que sufre nuestra región, y de hecho puede haberlos exacerbado.
En un estudio publicado en la revista “Latin American Research Review” en el 2004, los académicos Evelyn Huber y Fred Solt, concluyeron que “…El crecimiento económico ciertamente no se extendió hacia abajo, y nada hizo en aliviar los altos niveles de pobreza en las economías más liberalizadas…”. El estudio igualmente determina que “…cuanto más altos los niveles de neoliberalismo, más asociados están al incremento en la desigualdad…”
Venezuela misma ha sido un laboratorio para el experimento neoliberal. ¿Cuál fue el resultado? El número de personas viviendo en pobreza en Venezuela se incrementó del 28 por ciento a principios de los años 80 (cuando las semillas de la “reforma” neoliberal fueron plantadas en el hemisferio), a más del 85 por ciento a finales de los años 90.
La ideología neoliberal en la que se basan los programas de ajuste estructural tomó preponderancia sobre la democracia en mi país.
Este es el escenario en el cual el Presidente Hugo Chávez fue elegido por primera vez. Desde el comienzo entendimos que era necesario un modelo que respete la propiedad privada y las ventajas del comercio internacional, así como la participación del sector privado. Asimismo, también entendimos que la prioridad fundamental era asegurar que la mayoría del pueblo en nuestro país no siguiera siendo víctima de una interminable repetición de promesas incumplidas.
Después de algunos intentos frustrados decidimos implementar el sistema de las llamadas “Misiones Sociales”. Que no son otra cosa que llevar a la práctica la decisión política de superar la inmensa deuda social acumulada, la cual es origen de la inestabilidad socio-política, y superar la crisis de legitimidad democrática causada por la consolidación de la pobreza y la exclusión.
Tenemos ahora la Misión Robinson, concebida para ofrecer educación primaria a todos los venezolanos, y la Misión Ribas, mediante la cual pueden acceder a la educación secundaria. Ambas misiones, hasta ahora, han beneficiado a alrededor del 20 por ciento de la población. Solamente la Misión Robinson ha sacado del analfabetismo a 1.436.000 venezolanos, de una meta inicial de un millón y medio. También hemos establecido la Misión Mercal, que ofrece alimentos a bajo costo de tal manera que podamos reducir el hambre, y la Misión Barrio Adentro, que se encarga de llevar servicios de asistencia médica a comunidades previamente desatendidas. Con estas dos misiones (Mercal y Barrio Adentro), hemos beneficiado a más de 18 millones de personas. Estas personas son aquellas históricamente ignoradas, que viven en vecindarios pobres o en áreas de clase media-baja. De esta manera, Venezuela está en proceso de satisfacer las Metas de Desarrollo del Milenio propuestas por la ONU para el año 2012, tres años antes de lo esperado.
Significativamente, los resultados también se muestran prometedores a nivel macroeconómico, a los cuales puedo referirme en detalle posteriormente.
Esta experiencia ha sido criticada diciendo que se trata de una reedición del populismo, o que sólo es posible debido a la condición particular de Venezuela como país exportador de Petróleo. La verdad es que ante todo se trata de una decisión política de romper con un modelo económico dominante que solamente produjo más exclusión y pobreza, mediante la recuperación del papel del Estado como proveedor de bienes públicos y servicios sociales, así como de su capacidad fiscal petrolera y no petrolera. Por otra parte, no era la primera vez que Venezuela tenía ingresos extraordinarios en los últimos años, pero sí fue la primera vez que dichos ingresos se utilizaron de forma masiva para el combate estructural contra la pobreza y la exclusión.
Otro nuevo modelo es aquel que se enfoca en la integración regional, y en el incremento de la auto-suficiencia latinoamericana en un contexto de complementariedad y solidaridad entre nuestras naciones. La integración es básicamente una decisión política y debe, antes que nada, producir la constitución de una unidad política regional autónoma que pueda negociar con los distintos poderes mundiales, incluida por supuesto la principal potencia, Estados Unidos, que comparte con nosotros esta parte del planeta.
Esto nos lleva al planteamiento inicial de estas palabras, cuando señalamos que el desafío para estados Unidos en América Latina es uno en términos de visión hegemónica por un lado y desarrollo por el otro. El planteamiento de la unidad política de la América Latina, como mecanismo para garantizar una relación equilibrada en el Hemisferio, supone que Estados Unidos abandone su visión tradicional hegemónica de más de 200 años y opte por el respeto al desarrollo independiente.
Resulta interesante que en el modelo neo-liberal dominante, cuando un gobernante mantiene sus promesas y orienta su acción de gobierno a aliviar el hambre, el desempleo, las enfermedades y el analfabetismo es acusado de demagogo, populista y autoritario. Esto es el mundo al revés. No habrá democracia con exclusión, ni siquiera democracia representativa. El modelo económico dominante reproduce la exclusión e impide el verdadero desarrollo democrático.
Por supuesto, ¿dónde nace la responsabilidad principal de la integración política? En nosotros mismos, en la necesidad de un pensamiento estratégico de nuestro liderazgo, más allá de las diferencias ideológicas y particulares, tal y como se ha dado en otras partes del mundo y de nuestro hemisferio, como en las naciones del Caribe.
Efectivamente, el desarrollo transformador en los ámbitos social y económico que ocurre hoy en Latinoamérica es uno que abraza los fundamentos democráticos.
Sin embargo, seamos claros: La democracia tiene sus elementos políticos, pero también tiene aspectos y fundamentos intrínsecos de carácter social y económico. De hecho, esta visión completa está entrañada en la Carta Democrática Interamericana, cuyo artículo 12 señala que los miembros de la OEA “se comprometen a adoptar e implementar todas aquellas acciones que se requieren para generar empleo productivo, reducir la pobreza, y erradicar la pobreza extrema”.
Es por ello se ha planteado la necesidad de una Carta Social que complemente la Democrática, y que se está discutiendo actualmente en la OEA.
La democracia, tal y como la interpreta la visión tradicional de Estados Unidos, ha estado esencialmente restringida a su elemento político. Esto refleja la falta de imaginación y la pobreza de una política que le impide ver con claridad las nuevas realidades y aspiraciones de nuestros pueblos. La corrección de esta visión es quizá el principal desafío que tiene Estados Unidos en sus relaciones con América Latina.
La respuesta a estos desafíos no puede estar sujeta a la camisa de fuerza de reformas neoliberales que han sido probadas y fallaron. Es como si se esperara que el error se corrija con la repetición. En contraste, un nuevo modelo debe tener un número de medidas destinadas a seguir un impulso transformador para la integración regional que abarque a los pobres y ofrezca democracia no sólo en apariencia, sino en sustancia.
En el marco del sistema de la Comunidad Andina, Venezuela ha planteado una agenda para su período en la Presidencia Pro-tempore de la misma. Quiero resaltar el tema de la alianza energética, la iniciativa del fondo Humanitario Social Andino, el mecanismo de seguimiento de las metas del Milenio, el foro de integración de los pueblos y la ampliación de TELESUR.
El reto que enfrentan Estados Unidos y Latinoamérica también es en parte un reto de globalización. Muchos en América Latina creemos que la globalización necesita ser manejada de tal manera que asegure beneficios reales al ciudadano promedio, más allá de ropa y juguetes baratos. Esas cosas están bien, pero no pueden sostener una nación. Los tiempos actuales demandan una nueva visión para el desarrollo. De tal modo, Estados Unidos necesita entender que a Latinoamérica debe permitírsele seguir su propio modelo de desarrollo sin interferencia, y esto es precisamente parte del proceso asociado a la globalización. Como señaló un artículo reciente sobre globalización titulado “El Mundo Es Redondo” (publicado en el New York Review of Books), a medida que ciertas naciones aumentan su poder, “demandarán reconocimiento de sus culturas y valores distintivos, y las instituciones internacionales tendrán que ser reformuladas para reflejar la legitimidad de una diversidad de modelos políticos y económicos”.
Estados Unidos ha fracasado en reconocer este aspecto de las fuerzas que acompañan a la globalización; una dinámica que resulta en un incremento de la diversidad social y política, el surgimiento de poderes nacionales que compiten, y la ascendencia de nuevos modelos económicos, aun en medio de una creciente armonización de elementos críticos en la economía. Este proceso asociado a la globalización puede ser el elemento catalítico que nos ayude a hacer realidad la promesa de oportunidad para los pobres, educación para los analfabetas, y salud para los enfermos. Pero esto sólo sucederá si el proceso, como un todo, es manejado con propiedad, con una visión que incluya a aquellos que hasta ahora habían sido ignorados.
El verdadero desafío está en ajustar la visión para entender las nuevas realidades de América Latina, que significan el fin de las viejas doctrinas. Es en este contexto que cada vez más voces en América Latina le dicen a Estados Unidos: es hora de aceptar el desafío y abandonar de una vez la agobiante Doctrina Monroe: el término de su viabilidad ya vino y se fue.
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